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La primera vez que vi a Mario.

 Miré el libro que había traído conmigo desde Sevilla, reposando sobre mi toalla mientras los últimos rayos de sol nos daban de lleno en la cara: a Jude, que entrecerraba los ojos desde la portada, y a mí. 

No era precisamente un libro ligero para llevar de vacaciones; añadía casi mil páginas de peso extra a mi equipaje. Por poco tuve que facturar la maleta, pero decidí dejar atrás el neceser de maquillaje y un par de zapatos. Sabía que había sido una buena decisión. 

Ahora, ya instalada en la playa, ni siquiera tenía ganas de leerlo. Pero verlo ahí, tumbado sobre la arena y al alcance de mi mano, me proporcionaba una paz incontrolable que hacía años que no sentía. No tenía ganas de leer, pero podía hacerlo. Tenía el tiempo, el paisaje perfecto y la tranquilidad necesaria para no abandonarlo otra vez por la misma página. Tenía a mi disposición el tiempo suficiente para abrir aquel libro y devorar cuarenta mil palabras sin necesidad siquiera de usar un marcapáginas. 

Pero decidí seguir contemplando el ocaso. 

Fue entonces cuando Mario me interrumpió. Salió del mar entre olas y risas. Me llamó la atención, ineluctablemente, su felicidad. Se acercó a mí acompañado de su escandalosa carcajada y me preguntó qué estaba leyendo. No tuve tiempo de responder. 

—¿Tan poca vida? ¿No es un libro un poco triste para leer en un paraíso como este? 

 

—Por esa misma razón no estaba leyendo. Contemplaba el mar hasta que tú y tu tabla os habéis interpuesto. 

 

—¿Has surfeado alguna vez? —me preguntó mientras dejaba la tabla sobre la arena. 

 

Se tomó la libertad de sentarse a mi lado y desabrocharse el neopreno hasta el ombligo, dejando al descubierto el vello de su pecho, todavía mojado. Aparté la mirada rápidamente. 

 

—¿Le tienes miedo a algo? —aprovechó mi silencio para cambiar la pregunta. 

 

—A nada. Solo a la muerte de un ser querido, supongo. 

  

—No me refería a ese tipo de miedo. Quería saber qué clase de actividad podría organizar con una chica como tú.Agachó la cabeza, recogió un puñado de arena y la dejó escurrirse entre sus dedos. Mientras lo hacía, me miró de reojo, inclinando levemente la cabeza en busca de mi aprobación y dejando al descubierto apenas media sonrisa. Parecía tenerlo perfectamente ensayado. 

 

—Yo no le tengo miedo a nada —balbuceé. 

 

—¿Has buceado alguna vez en aguas negras? 

  

—Peor. Me he enamorado.Le regalé una sonrisa forzada, la más falsa que fui capaz de esbozar, con la esperanza de que entendiera que me apetecía estar sola. 

  

Pero él no pudo evitar soltar una de sus ruidosas carcajadas. Cuando reía, dejaba caer la cabeza completamente hacia atrás y, al volver a incorporarse, sus ojos parecían aún más negros. Intenté descifrar qué querían de mí, pero su media sonrisa me recordaba constantemente que sabía que lo estaba mirando. Así que volvía la vista hacia el ocaso, rápidamente. 

 

—Con el amor ya perdiste todo el miedo, ¿no?   

  

Lo miré con toda la seriedad de la que fui capaz para reafirmar que, pese a sus ojos, su pecho mojado y su media sonrisa, realmente me apetecía estar sola. 

Y respondí: 

—Después de haber experimentado el fulgor del amor, ¿quién en su sano juicio tendría miedo de bucear en aguas negras? 

  

Soltó una risa menos ruidosa, casi incrédula, como si la frase le hubiese gustado más de lo que le costase reconocer. Y él también miró el mar. 

  

—Hay cosas que dan más miedo que el amor, créeme. 

 

—¿ah, ¿sí? — soné demasiado aburrida a propósito.   

  

—Sí —asintió, sin mirarme aún—. El amor al menos te avisa cuando se acaba ¿no? Te da tiempo a darte cuenta de que te estás cayendo. 

 

Se sentó de lado, estirando una pierna hacia el mar. Volcando toda su energía, y su atención, hacia mí y continuó: 

 

—Hay cosas que no te avisan del peligro.  

  

—¿Como cuáles? 

  

No respondió al instante, pero al mirarme, sus ojos se volvieron más negros aún. Si cabía.  

  

—El mar, por ejemplo. O la sensación de volar ¿has saltado alguna vez en paracaídas? 

  

Él no esperó que hablase, conocía la respuesta.  

  

—Saltar desde tan alto que el aire deja de ser una opción y se convierte en una cuenta atrás. Eso que es adrenalina... 

 

Hizo una pausa. 

  

—He estado en sitios donde el cuerpo ya no negocia. Donde no decides tú. 

  

Engurruñó el entrecejo como Jude. 

  

—Por eso te preguntaba. No por miedos suaves, como el amor. Sino por el tipo de cosas que te hacen parar antes de hacerlas. 

  

Me puse nerviosa, pero no pude identificar si era la sensación de no haber vivido nada o por el neopreno, que aún estaba medio abierto. 

  

—Tranquila, no vengo a morir hoy. — y volvió a reír inclinando la cabeza hacia detrás. —Veo que llevas demasiado tiempo viendo las cosas desde la orilla.  

 

Entonces, sin despegar su mirada de la mía, miro su neopreno aún medio abierto y lo volvió a cerrar. Cogí mi libro y me tumbé sobre la toalla con la firme idea de finalizar la conversación... 

 

—Haces bien. Solo espero que esa búsqueda insaciable de adrenalina no acabe contigo algún día. 

  

Pero no sé si él pudo escucharme pues ya se había levantado y corría hacía el ocaso. 

  

  

Empecé a leer. 

  

  

Página 52: 

  

 

“Qué terrible es amar algo que la muerte puede tocar...” 





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