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EL VOLCÁN QUE NUNCA EXISTIÓ

U na bióloga, agotada por la rutina de una vida inhóspita en la ciudad, está a punto de tomar la decisión más difícil de su vida:  suicidarse . Sin embargo, una  inesperada llamada cambia su destino por completo: su proyecto de repoblación y conservación del caracol  Iberus gualtieranus gualtieranus  ha sido finalmente aprobado.   Este logro la impulsa a posponer su muerte unos meses para  embarcarse en una   última aventura:  regresar a Sierra Elvira (Granada), con el objetivo de  encontrar los últimos ejemplares de la especie y evitar su extinción .     -------- En su regreso a las montañas , conoce a Ana, una enigmática mujer  que asegura conocer el paradero de los últimos caracoles. Aunque Ana, tiene un plan muy diferente: continuar la expedición de su difunto abuelo en busca del volcán de Sierra Elvira. Juntas emprenderán una entrañable aventura  cargada de magia, leyendas y criaturas mitológicas que habitan en las mo...
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La diferencia entre él y yo

Cuando él despertaba primero,  me besaba, encendía la luz y se vestía con prisas. Antes de irse a la oficina, volvía a la cama y me daba tres besos más, y en cada pausa aprovechaba para añadir un sin fin de: te quiero te quiero te quiero... Se iba corriendo y siempre olvidaba la puerta abierta de par en par. Cuando yo despertaba antes que él, no le besaba, cogía mi ropa, me vestía a oscuras, cerraba la puerta muy despacito y me iba. La diferencia entre nosotros era que él me despertaba para decirme me quería, y yo, yo prefería verle dormir. 

RE: Constructora.

Buenas tardes, Nos ponemos en contacto con usted para informarle que, no podemos ofrecer los servicios solicitados. No obstante, quisiera permitirme una reflexión. Me viene a la mente la idea de los edificios anteriormente mencionados en su comunicado. Nosotros, las constructoras, hemos dedicado años de vida intentando proteger nuestras casas de circunstancias inevitables. Ir en contra de lo que no tiene modo de resistir y aún así, conseguir resistir. Hemos luchado contra grandes catástrofes como: tempestades, huracanes y terremotos. Y cosas más pequeñitas como: ratas, termitas y otras plagas. Todo para evitar una casa en ruinas. Sin tener en consideración que siempre habrá algo que no podremos combatir: el abandono.  Porque una casa sin una familia, siempre será una casa en ruinas. Y para eso, querido cliente, no existe constructora que pueda ayudarle. Gracias por su confianza. DF.

Apocalipsis.

  Dame la mano, a la de tres, vamos a salir corriendo.    Quizás, aún no estés preparado. Nadie lo está.    Uno.   Tápate los oídos, hace demasiado ruido ahí fuera. Es importante no dejar de correr. Si me sueltas la mano, te habrás perdid o. No te darán segundas oportunidades. N adie volverá a buscarte.    Dos.   No importa todo lo que h a s aprendido. Saca todo de tu mochila. Quítate toda la ropa , los prejuicios, las mentiras...   Allá dónde vamos no lo necesita s. Ll eva contigo solo el corazón, p ero a priétalo fuerte contra el pecho. Porque va latir demasiado fuerte. E s muy importante no perderlo.   Yo correré de espaldas para no perderte de vista.   Tres.   No me sueltes la mano. No mires a los lados.    ¡ Corre !   Sigue mirándome.   Déjame que vea el color de tus ojos.   No olvides el color de los míos. Verde oliva. No escuches  las sirenas, las noti ci as, los gritos, lo...

La primera vez que vi a Mario.

  Miré el libro que había traído conmigo desde Sevilla, reposando sobre mi toalla mientras los últimos rayos de sol nos daban de lleno en la cara: a Jude , que entrecerraba los ojos desde la portada, y a mí.   No era precisamente un libro ligero para llevar de vacaciones; añadía casi mil páginas de peso extra a mi equipaje. Por poco tuve que facturar la maleta, pero decidí dejar atrás el neceser de maquillaje y un par de zapatos. Sabía que había sido una buena decisión.   Ahora, ya instalada en la playa, ni siquiera tenía ganas de leerlo. Pero verlo ahí, tumbado sobre la arena y al alcance de mi mano, me proporcionaba una paz incontrolable que hacía años que no sentía. No tenía ganas de leer, pero podía hacerlo. Tenía el tiempo, el paisaje perfecto y la tranquilidad necesaria para no abandonarlo otra vez por la misma página. Tenía a mi disposición el tiempo suficiente para abrir aquel libro y devorar cuarenta mil palabras sin necesidad siquiera de usar un marcapáginas. ...