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El volcán que nunca existió es un mito real que nace de las entrañas de Granada, sobre un supuesto volcán en la región de Sierra Elvira. Durante años, la creencia popular sostenía que en esa zona había un volcán activo, basándose en la forma de las montañas, en pequeños temblores que se producían, y en la presencia de humo que a veces se observaba saliendo de la tierra.
UNA PEQUEÑA INTRODUCIÓN
Esta novela nace de un lugar real, Sierra Elvira (Granada), y está inspirada en la vida de algunas personas que tuve el privilegio de conocer durante mi estancia en las montañas. Sin embargo, no esperéis una biografía literal, ni una cronología exacta de sus vidas, pues este no es un relato sobre hechos tangibles, o una búsqueda de la verdad. Al escribirlo, pretendía rendir homenaje a la memoria y la energía que me transmitieron las personas en este libro presentes, y convertirlas en las protagonistas de un cuento menos cruel que su pasado. Un cuento que capture la esencia de sus historias, para que sus vidas perduren en el recuerdo de quienes las lean.
Sierra Elvira no es solo un telón de fondo, sino un personaje más dentro de este cuento; testigo mudo de las vidas que se cruzaron en mi camino allá por 2018. Así, se verá reflejado en las siguientes páginas: las montañas no serán solo un lugar geográfico, sino un espacio emocional y una metáfora de los desafíos internos que vivieron estas personas.
He querido dar a sus historias una nueva vida—o a sus vidas—una nueva historia, que les permita escapar de la realidad de la cual, alguna vez, necesitaron huir y no pudieron. Un deseo de darles la oportunidad de existir de nuevo en un mundo más amable, una historia que les haga justicia de la manera que el mundo real no lo hizo.
Este cuento es un puente entre el pasado y la imaginación; un diálogo entre la realidad y la ficción; un reencuentro entre lo que pasó y pudo haber pasado. Es posible que en estas historias encontréis reflejos de personas que habéis conocido o de momentos que os resulten familiares. Quizás incluso os encontréis a vosotros mismos entre las próximas líneas. Sin embargo, como lectores, solo vosotros podréis discernir la verdad que se esconde detrás de esta fantasía; la línea sutil entre lo que realmente ocurrió y todo lo que fue inventado.
Para aquellos que no tuvieron el privilegio de conocer a estas personas, mi mayor deseo es que, a través de estas páginas, podáis encontrar un lugar para ellas, porque solo así podré mantener vivo sus recuerdos.
Espero, que después de esta lectura, vosotros, también tengáis un pedacito de Ana en vuestro corazón.
Quiero dedicárselo a todas aquellas personas que no pudieron contar su historia, pero sobre todo a aquella mujer que ahora vive en la montaña.
El volcán
La primera vez que lo vi, no recordaba haberlo visto nunca en ese lugar. Conocía Sierra Elvira como la palma de mi mano y estaba completamente segura de no haberlo visto antes allí; pero allí estaba, estático y sereno. Como si sus cientos de toneladas hubieran aparecido de la nada. Justo en ese momento, un remolino de vilanos de diente de león giraba sobre un grupo de flores aplastadas. Impulsados por el peso de un cuerpo que, al caer sobre las flores, les había permitido volar por las nubes. El viento los elevaba despacio, creando un balé de bienvenida, quizás para mí, o tal vez,
para las flores que habían muerto.
Observaba aquel baile a más de ochenta metros de altura, embelesada por la delicada belleza de los vilanos que se abrían como paracaídas y daban vueltas entre sí, algunos se arraigaban a mi pelo, otros volvieron a bajar lentamente montaña abajo. Parecían estar vivos, como si cada uno de ellos fuera una pequeña bailarina que luchaba por ser “la gran estrella” y poder bailar, finalmente, en el acto final.
Me despistaron las bailarinas, las flores, los pasares, lo eterno. Olvidé por completo que cientos de toneladas de rocas habían aparecido de la noche a la mañana frente a mí. No sé en qué momento apareció, pero estaba segura de que era el volcán de Sierra Elvira. Quizás me llevó a él un anhelo de huida, un grito desesperado por escapar de la verdad, o quizás fue Ana quien quiso que lo encontrara después de...
Escuché una voz en el ulular del viento, susurraba mi nombre, mientras más vilanos volaban y giraban a mi alrededor. Aún sigo sin saber si, Ana, me hablaba realmente a mí, a las pequeñas bailarinas,
o a las flores que habían muerto.
Ver aquel baile efímero, me recordó el gran poder de la naturaleza para crear belleza incluso en el momento más luctuoso.
Miré a mi alrededor, la ladera estaba completamente cubierta de caléndulas «Qué lugar tan bonito para dormir» pensé. Parecía una cama cubierta de sábanas naranjas, revueltas, como si aún no se hubieran atrevido a estirarlas después de que, Ana, las hubiera desordenado con su cuerpo.
El sol atravesó las ramas de los árboles y la luz me golpeó de lleno en los ojos. Todo se volvió blanco durante un instante. Cuando conseguí volver a enfocar, distinguí una pequeña forma en espiral no muy lejos de mí. Podía sentir que, fuese lo que fuese, me estaba observando.
Pasados unos segundos, mis pupilas volvieron a la normalidad y pude verle.
—¡Bienvenida al volcán que nunca existió! —dijo un caracol.
La llamada de los árboles
La historia de Ana merece ser contada desde el principio, y desafortunadamente, no puedo contaros el principio sin empezar por el final, porque justo el día que decidí suicidarme; fue el comienzo de esta historia.
01:35:07 a.m.
Mis pies estaban descalzos, el balcón helado y el vértigo me dificultaba respirar. Desde un sexto piso siempre parece que hace más frío. Apretaba tan fuerte con mis manos y los dedos de los pies, que casi me quedo pegada a los barrotes blancos del balcón. Miré a dentro. La casa estaba triste y las bombillas lloraban. Una luz parpadeante pintaba las paredes de azul; no recuerdo si era la luna, la televisión o la melancolía. La otra mitad del salón dormía plácidamente en la oscuridad.
23:36:15 a.m.
Volví a pisar los azulejos fríos de la terraza y mis huellas se fueron difuminando, poco a poco, por todo el salón hasta llegar a la cocina. Necesitaba un vaso de agua, aclarar la garganta, reponer mis lágrimas y volver a respirar lento.
Quería saltar, volar lejos de esa jaula azulada y con olor a autovía, pero os adelanto, no me atreví a volar aquella noche. Hacía demasiado frío como para dejar mi cuerpo tirado en la carretera. Cerré la ventana de la cocina y dejé de escuchar los coches. Grave error. Empecé a escuchar el silencio. «Este silencio hace más ruido que una bomba nuclear» pensé. Pero no me refería al ruido de toda una ciudad al implosionar. Lo que más atormenta de un evento catastrófico no es el estruendo inicial, sino el silencio que le sigue. El silencio que viene después de la catástrofe, el silencio que viene después del grito desesperado de una madre.
23:39:03 a.m.
Volví al salón, dejé el vaso de agua encima de la mesa junto a una caja de antidepresivos, otra de somníferos, una receta del psiquiatra, una carta que acababa de escribir y una foto. Es irónico que un psiquiatra en su sano juicio decida recetar una caja de somníferos a alguien que busca no volver a despertar.
«No me hace falta saltar para poder irme» pensé.
Quería hacerlo, de verdad que quería hacerlo, porque no hacerlo implicaba quedarme en una jaula azul de 50 metros cuadrados; aprender a codificar la televisión de una vez por todas, y acostumbrarme — también de una vez por todas— que las únicas estrellas que vería serían las ventanas del edificio de enfrente, o a lo sumo, las farolas de la calle. Algunas parpadeaban, y eso sería lo más parecido a una estrella fugaz.
Renunciar a la soledad en un solo salto era más fácil que aprender a convivir con ella. Solo pensarlo me secaba la garganta.
23:42:21 a.m.
Necesitaba otro sorbo de agua. El agua del grifo estaba caliente y sabía a cal. Volví a dejar el vaso sobre la mesa y cogí la foto. Dolía, así que le di la vuelta, como si darle la vuelta a una foto hiciera que doliera un poco menos. No funcionó. Volví a asomarme al balcón, estaba vez sin dejar mi cuerpo colgando en los barrotes, y miré las estrellas — las farolas— cerré los ojos muy fuertes. Durante unos segundos aparecieron manchas de colores flotando en la oscuridad. Después, como siempre, llegaron los árboles. Un árbol. Dos. Tres. De repente vino a mi cabeza un bosque de quejigos.
— Ojalá yo fuera uno de ellos.
Últimamente pensaba mucho en los árboles. Más concretamente, pensaba en lo fácil que debía de ser vivir siendo uno.
Hace unos meses empecé a hacer terapía con una psicóloga que me recomendó Adela, mi profesora de botánica en el máster de herpetología, y ahora amiga. No recuerdo el nombre de la psicóloga, pero era barato y online, no hacía falta salir de casa, así que decidí probar. Al principio le contaba como me había ido en el trabajo. Vomitaba mierdas de mis compañeros, de mis vecinos y de Madrid. Odiaba vivir en Madrid, odiaba la jaula azul y odiaba mi vida en general, pero eso último aún no sé lo había dicho. La psicóloga me preguntó qué era lo qué menos me gustaba de Madrid. Solo respondí que era una ciudad muy grande, y que yo no estaba hecha para grandes espacios. Mentí, en cierto modo, yo sí estaba hecha para grandes espacios, pero no me gustaba que se metiera en mi cabeza, así que preferí omitir cierta información.
En una de nuestras tertulias, me propuso un juego para intentar mejorar mi sueño — ya que con mis sueños no se puede hacer nada. — pensé y asentí.
—Debes elegir un recuerdo. Algo que te haga feliz. Debe ser un recuerdo, para que la mente no trabaje demasiado. Y cuando tengas el recuerdo, quédate solo con la sensación, como te hacía sentir, y recréalo, vuelve a sentirlo. Cierra los ojos, y vuelve a aquel lugar.
Yo siempre volvía al mismo lugar: un bosque lleno de quejigos. Cerraba los ojos e imaginaba que era uno de ellos.
Para mí, ser un árbol era la capacidad de convivir en armonía con el silencio, sin intervenir directamente con el mundo, al menos no como lo hacemos los humanos. Vivir lento, simplemente existiendo como parte de algo más grande. En el bosque no eres importante como ser individual, es imposible que un bosque pueda sobrevivir con un solo árbol. Pero perteneces a un todo, y dentro de ese todo, eres imprescindible, ya que el bosque si necesita de cada uno de los árboles para existir.
Cuando eres un árbol, no puedes planificar tu futuro, solo puedes adaptarte a las circunstancias, como mucho, aprender del pasado. Vives anclado en el presente. Pueden ocurrir acciones frente a ti, pero solo se te permite observar. Nadie te impone eso; vives y creces para eso. No conoces otra realidad más que existir, permanecer, observar, ser, sobrevivir y esperar tu muerte para formar parte de la tierra, de la que nacerá otro árbol —que ya no serás tú— pero llevará parte de ti.
«Ojalá pudiera ser un quejigo» pensé.
23:56:01 a.m.
Recuerdo que Ana—la protagonista de esta historia— solía contarme que los árboles pueden sentir dolor. Un dolor parecido al que sienten los humanos — me comentó — pero mucho más lento. Como si te pisaran un pie hoy y tu grito resonara diez años después.
–En la ladera del volcán, – me dijo una vez Ana – hay una fortaleza de encinas que se alzan como soldados para proteger a su reina, Elvira. Si tocas un árbol, rompes una ramita, o pisas sus raíces: envían la información de unos a otros a través de sus raíces. Poco después, te habrás perdido en el bosque, pues los árboles cambiaban de posición para confundirte. Por eso es mejor pisar siempre con cuidado. –Ana siempre solía terminar sus frases con un consejo.
Ojalá yo hubiera sido un quejigo, Ana, hubiera sido más feliz.
No quisiera convertir esta historia en una apología dramática de mis pensamientos, pues yo no soy la protagonista, solo soy una simple narradora que tuvo la necesidad de contar una historia. Me vi obligada a hacerlo, porque siempre me ha molestado mucho que se olviden las historias —o las personas— que tienen algo increíble que contar. Las personas–o las historias– solo se olvidan cuando no existe nadie que las recuerde. A este respecto, podría decirse que yo, tampoco existo en este relato, como bien dijo Mario Vargas Llosa en su novela Cartas a un joven novelista:
Un narrador es un ser hecho de palabras, no de carne y hueso como los autores; aquel que vive solo en función de la novela que cuenta y mientras la cuenta (los límites de la ficción son los de su existencia).
Pero desafortunadamente, no puedo contaros la historia de Ana sin contaros la mía, porque nunca supe nada de su pasado, ni conseguí hablar con su familia. Nadie que la conoció recordaba de dónde venía. Así que solo puedo contaros mi historia, y con suerte, encontrareis parte de Ana en mis recuerdos.
00:01:56 a.m.
El politono de mi teléfono me hizo volver en mí. El bosque desapareció. Abrí los ojos de par en par, no estaba acostumbrada a escuchar ruidos más allá del que hace el silencio. Con las manos temblorosas, cogí el teléfono y desbloqueé la pantalla.
00:02:05 a.m.
Era Adela. Había pasado noches hablando con ella por teléfono sobre temas como el comportamiento de apareamiento en reptiles, adaptaciones fisiológicas únicas, la capacidad de algunas ranas para congelarse y descongelarse. También discutíamos sobre la ética de la conservación de especies, la responsabilidad humana en la preservación de la biodiversidad y miles de otras conversaciones sobre cómo la percepción humana de los reptiles y anfibios ha cambiado a lo largo de la historia. Esta vez no me llamaba para eso, y yo lo sabía. Llevaba años esperando una respuesta de la Consejería de Medio Ambiente. Había solicitado un proyecto para estudiar la repoblación del caracol Iberus gualtieranus, y esa llamada —a esas horas— solo podía significar una cosa: mi proyecto había sido aprobado por la Junta, y Adela, no podía esperar a darme la noticia.
En ese momento sentí un escalofrío, como si algo me estuviera llamando —no me refiero a Adela y el teléfono que aún sonaba —. Era como si la montaña —o los árboles — se resistieran a dejarme saltar, como si supieran que sería yo quien debía escribir esta historia.
Después de todo, ¿qué prisa tenía Madrid de verme volar?
00:02:52 a.m.
— Dime Adela.
—No te vas a creer lo que tengo que decirte...
00:03:02 a.m.
UNA PEQUEÑA INTRODUCIÓN
Esta novela nace de un lugar real, Sierra Elvira (Granada), y está inspirada en la vida de algunas personas que tuve el privilegio de conocer durante mi estancia en las montañas. Sin embargo, no esperéis una biografía literal, ni una cronología exacta de sus vidas, pues este no es un relato sobre hechos tangibles, o una búsqueda de la verdad. Al escribirlo, pretendía rendir homenaje a la memoria y la energía que me transmitieron las personas en este libro presentes, y convertirlas en las protagonistas de un cuento menos cruel que su pasado. Un cuento que capture la esencia de sus historias, para que sus vidas perduren en el recuerdo de quienes las lean.
Sierra Elvira no es solo un telón de fondo, sino un personaje más dentro de este cuento; testigo mudo de las vidas que se cruzaron en mi camino allá por 2018. Así, se verá reflejado en las siguientes páginas: las montañas no serán solo un lugar geográfico, sino un espacio emocional y una metáfora de los desafíos internos que vivieron estas personas.
He querido dar a sus historias una nueva vida—o a sus vidas—una nueva historia, que les permita escapar de la realidad de la cual, alguna vez, necesitaron huir y no pudieron. Un deseo de darles la oportunidad de existir de nuevo en un mundo más amable, una historia que les haga justicia de la manera que el mundo real no lo hizo.
Este cuento es un puente entre el pasado y la imaginación; un diálogo entre la realidad y la ficción; un reencuentro entre lo que pasó y pudo haber pasado. Es posible que en estas historias encontréis reflejos de personas que habéis conocido o de momentos que os resulten familiares. Quizás incluso os encontréis a vosotros mismos entre las próximas líneas. Sin embargo, como lectores, solo vosotros podréis discernir la verdad que se esconde detrás de esta fantasía; la línea sutil entre lo que realmente ocurrió y todo lo que fue inventado.
Para aquellos que no tuvieron el privilegio de conocer a estas personas, mi mayor deseo es que, a través de estas páginas, podáis encontrar un lugar para ellas, porque solo así podré mantener vivo sus recuerdos.
Espero, que después de esta lectura, vosotros, también tengáis un pedacito de Ana en vuestro corazón.
Quiero dedicárselo a todas aquellas personas que no pudieron contar su historia, pero sobre todo a aquella mujer que ahora vive en la montaña.
El volcán
La primera vez que lo vi, no recordaba haberlo visto nunca en ese lugar. Conocía Sierra Elvira como la palma de mi mano y estaba completamente segura de no haberlo visto antes allí; pero allí estaba, estático y sereno. Como si sus cientos de toneladas hubieran aparecido de la nada. Justo en ese momento, un remolino de vilanos de diente de león giraba sobre un grupo de flores aplastadas. Impulsados por el peso de un cuerpo que, al caer sobre las flores, les había permitido volar por las nubes. El viento los elevaba despacio, creando un balé de bienvenida, quizás para mí, o tal vez,
para las flores que habían muerto.
Observaba aquel baile a más de ochenta metros de altura, embelesada por la delicada belleza de los vilanos que se abrían como paracaídas y daban vueltas entre sí, algunos se arraigaban a mi pelo, otros volvieron a bajar lentamente montaña abajo. Parecían estar vivos, como si cada uno de ellos fuera una pequeña bailarina que luchaba por ser “la gran estrella” y poder bailar, finalmente, en el acto final.
Me despistaron las bailarinas, las flores, los pasares, lo eterno. Olvidé por completo que cientos de toneladas de rocas habían aparecido de la noche a la mañana frente a mí. No sé en qué momento apareció, pero estaba segura de que era el volcán de Sierra Elvira. Quizás me llevó a él un anhelo de huida, un grito desesperado por escapar de la verdad, o quizás fue Ana quien quiso que lo encontrara después de...
Escuché una voz en el ulular del viento, susurraba mi nombre, mientras más vilanos volaban y giraban a mi alrededor. Aún sigo sin saber si, Ana, me hablaba realmente a mí, a las pequeñas bailarinas,
o a las flores que habían muerto.
Ver aquel baile efímero, me recordó el gran poder de la naturaleza para crear belleza incluso en el momento más luctuoso.
Miré a mi alrededor, la ladera estaba completamente cubierta de caléndulas «Qué lugar tan bonito para dormir» pensé. Parecía una cama cubierta de sábanas naranjas, revueltas, como si aún no se hubieran atrevido a estirarlas después de que, Ana, las hubiera desordenado con su cuerpo.
El sol atravesó las ramas de los árboles y la luz me golpeó de lleno en los ojos. Todo se volvió blanco durante un instante. Cuando conseguí volver a enfocar, distinguí una pequeña forma en espiral no muy lejos de mí. Podía sentir que, fuese lo que fuese, me estaba observando.
Pasados unos segundos, mis pupilas volvieron a la normalidad y pude verle.
—¡Bienvenida al volcán que nunca existió! —dijo un caracol.
La llamada de los árboles
La historia de Ana merece ser contada desde el principio, y desafortunadamente, no puedo contaros el principio sin empezar por el final, porque justo el día que decidí suicidarme; fue el comienzo de esta historia.
01:35:07 a.m.
Mis pies estaban descalzos, el balcón helado y el vértigo me dificultaba respirar. Desde un sexto piso siempre parece que hace más frío. Apretaba tan fuerte con mis manos y los dedos de los pies, que casi me quedo pegada a los barrotes blancos del balcón. Miré a dentro. La casa estaba triste y las bombillas lloraban. Una luz parpadeante pintaba las paredes de azul; no recuerdo si era la luna, la televisión o la melancolía. La otra mitad del salón dormía plácidamente en la oscuridad.
23:36:15 a.m.
Volví a pisar los azulejos fríos de la terraza y mis huellas se fueron difuminando, poco a poco, por todo el salón hasta llegar a la cocina. Necesitaba un vaso de agua, aclarar la garganta, reponer mis lágrimas y volver a respirar lento.
Quería saltar, volar lejos de esa jaula azulada y con olor a autovía, pero os adelanto, no me atreví a volar aquella noche. Hacía demasiado frío como para dejar mi cuerpo tirado en la carretera. Cerré la ventana de la cocina y dejé de escuchar los coches. Grave error. Empecé a escuchar el silencio. «Este silencio hace más ruido que una bomba nuclear» pensé. Pero no me refería al ruido de toda una ciudad al implosionar. Lo que más atormenta de un evento catastrófico no es el estruendo inicial, sino el silencio que le sigue. El silencio que viene después de la catástrofe, el silencio que viene después del grito desesperado de una madre.
23:39:03 a.m.
Volví al salón, dejé el vaso de agua encima de la mesa junto a una caja de antidepresivos, otra de somníferos, una receta del psiquiatra, una carta que acababa de escribir y una foto. Es irónico que un psiquiatra en su sano juicio decida recetar una caja de somníferos a alguien que busca no volver a despertar.
«No me hace falta saltar para poder irme» pensé.
Quería hacerlo, de verdad que quería hacerlo, porque no hacerlo implicaba quedarme en una jaula azul de 50 metros cuadrados; aprender a codificar la televisión de una vez por todas, y acostumbrarme — también de una vez por todas— que las únicas estrellas que vería serían las ventanas del edificio de enfrente, o a lo sumo, las farolas de la calle. Algunas parpadeaban, y eso sería lo más parecido a una estrella fugaz.
Renunciar a la soledad en un solo salto era más fácil que aprender a convivir con ella. Solo pensarlo me secaba la garganta.
23:42:21 a.m.
Necesitaba otro sorbo de agua. El agua del grifo estaba caliente y sabía a cal. Volví a dejar el vaso sobre la mesa y cogí la foto. Dolía, así que le di la vuelta, como si darle la vuelta a una foto hiciera que doliera un poco menos. No funcionó. Volví a asomarme al balcón, estaba vez sin dejar mi cuerpo colgando en los barrotes, y miré las estrellas — las farolas— cerré los ojos muy fuertes. Durante unos segundos aparecieron manchas de colores flotando en la oscuridad. Después, como siempre, llegaron los árboles. Un árbol. Dos. Tres. De repente vino a mi cabeza un bosque de quejigos.
— Ojalá yo fuera uno de ellos.
Últimamente pensaba mucho en los árboles. Más concretamente, pensaba en lo fácil que debía de ser vivir siendo uno.
Hace unos meses empecé a hacer terapía con una psicóloga que me recomendó Adela, mi profesora de botánica en el máster de herpetología, y ahora amiga. No recuerdo el nombre de la psicóloga, pero era barato y online, no hacía falta salir de casa, así que decidí probar. Al principio le contaba como me había ido en el trabajo. Vomitaba mierdas de mis compañeros, de mis vecinos y de Madrid. Odiaba vivir en Madrid, odiaba la jaula azul y odiaba mi vida en general, pero eso último aún no sé lo había dicho. La psicóloga me preguntó qué era lo qué menos me gustaba de Madrid. Solo respondí que era una ciudad muy grande, y que yo no estaba hecha para grandes espacios. Mentí, en cierto modo, yo sí estaba hecha para grandes espacios, pero no me gustaba que se metiera en mi cabeza, así que preferí omitir cierta información.
En una de nuestras tertulias, me propuso un juego para intentar mejorar mi sueño — ya que con mis sueños no se puede hacer nada. — pensé y asentí.
—Debes elegir un recuerdo. Algo que te haga feliz. Debe ser un recuerdo, para que la mente no trabaje demasiado. Y cuando tengas el recuerdo, quédate solo con la sensación, como te hacía sentir, y recréalo, vuelve a sentirlo. Cierra los ojos, y vuelve a aquel lugar.
Yo siempre volvía al mismo lugar: un bosque lleno de quejigos. Cerraba los ojos e imaginaba que era uno de ellos.
Para mí, ser un árbol era la capacidad de convivir en armonía con el silencio, sin intervenir directamente con el mundo, al menos no como lo hacemos los humanos. Vivir lento, simplemente existiendo como parte de algo más grande. En el bosque no eres importante como ser individual, es imposible que un bosque pueda sobrevivir con un solo árbol. Pero perteneces a un todo, y dentro de ese todo, eres imprescindible, ya que el bosque si necesita de cada uno de los árboles para existir.
Cuando eres un árbol, no puedes planificar tu futuro, solo puedes adaptarte a las circunstancias, como mucho, aprender del pasado. Vives anclado en el presente. Pueden ocurrir acciones frente a ti, pero solo se te permite observar. Nadie te impone eso; vives y creces para eso. No conoces otra realidad más que existir, permanecer, observar, ser, sobrevivir y esperar tu muerte para formar parte de la tierra, de la que nacerá otro árbol —que ya no serás tú— pero llevará parte de ti.
«Ojalá pudiera ser un quejigo» pensé.
23:56:01 a.m.
Recuerdo que Ana—la protagonista de esta historia— solía contarme que los árboles pueden sentir dolor. Un dolor parecido al que sienten los humanos — me comentó — pero mucho más lento. Como si te pisaran un pie hoy y tu grito resonara diez años después.
–En la ladera del volcán, – me dijo una vez Ana – hay una fortaleza de encinas que se alzan como soldados para proteger a su reina, Elvira. Si tocas un árbol, rompes una ramita, o pisas sus raíces: envían la información de unos a otros a través de sus raíces. Poco después, te habrás perdido en el bosque, pues los árboles cambiaban de posición para confundirte. Por eso es mejor pisar siempre con cuidado. –Ana siempre solía terminar sus frases con un consejo.
Ojalá yo hubiera sido un quejigo, Ana, hubiera sido más feliz.
No quisiera convertir esta historia en una apología dramática de mis pensamientos, pues yo no soy la protagonista, solo soy una simple narradora que tuvo la necesidad de contar una historia. Me vi obligada a hacerlo, porque siempre me ha molestado mucho que se olviden las historias —o las personas— que tienen algo increíble que contar. Las personas–o las historias– solo se olvidan cuando no existe nadie que las recuerde. A este respecto, podría decirse que yo, tampoco existo en este relato, como bien dijo Mario Vargas Llosa en su novela Cartas a un joven novelista:
Un narrador es un ser hecho de palabras, no de carne y hueso como los autores; aquel que vive solo en función de la novela que cuenta y mientras la cuenta (los límites de la ficción son los de su existencia).
Pero desafortunadamente, no puedo contaros la historia de Ana sin contaros la mía, porque nunca supe nada de su pasado, ni conseguí hablar con su familia. Nadie que la conoció recordaba de dónde venía. Así que solo puedo contaros mi historia, y con suerte, encontrareis parte de Ana en mis recuerdos.
00:01:56 a.m.
El politono de mi teléfono me hizo volver en mí. El bosque desapareció. Abrí los ojos de par en par, no estaba acostumbrada a escuchar ruidos más allá del que hace el silencio. Con las manos temblorosas, cogí el teléfono y desbloqueé la pantalla.
00:02:05 a.m.
Era Adela. Había pasado noches hablando con ella por teléfono sobre temas como el comportamiento de apareamiento en reptiles, adaptaciones fisiológicas únicas, la capacidad de algunas ranas para congelarse y descongelarse. También discutíamos sobre la ética de la conservación de especies, la responsabilidad humana en la preservación de la biodiversidad y miles de otras conversaciones sobre cómo la percepción humana de los reptiles y anfibios ha cambiado a lo largo de la historia. Esta vez no me llamaba para eso, y yo lo sabía. Llevaba años esperando una respuesta de la Consejería de Medio Ambiente. Había solicitado un proyecto para estudiar la repoblación del caracol Iberus gualtieranus, y esa llamada —a esas horas— solo podía significar una cosa: mi proyecto había sido aprobado por la Junta, y Adela, no podía esperar a darme la noticia.
En ese momento sentí un escalofrío, como si algo me estuviera llamando —no me refiero a Adela y el teléfono que aún sonaba —. Era como si la montaña —o los árboles — se resistieran a dejarme saltar, como si supieran que sería yo quien debía escribir esta historia.
Después de todo, ¿qué prisa tenía Madrid de verme volar?
00:02:52 a.m.
— Dime Adela.
—No te vas a creer lo que tengo que decirte...
00:03:02 a.m.
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