La única forma de la que era capaz de decirle a mi madre que la quería, era escribiendo.
No le escribía directamente a ella, ni le explicaba qué estaba sucediendo dentro de mi cabeza. Me habría costado demasiado encontrar las palabras para contarle que hacía tiempo que quería irme. No a otra ciudad ni a otro país. A un planeta muy lejos del suyo.
Desde pequeña siempre tuve ojitos de astronauta, siempre orbitando en las estrellas. Y ella lo sabía. Ella sabía que una parte de mí nunca pertenecería a este mundo. Pude verlo en sus ojos la primera vez que me fui de casa. Me dijo adiós, sabiendo que volveríamos a vernos, pero como si ya supiera que las personas pueden volver a los lugares y, aun así, no regresar del todo.
No creo que ninguna madre esté preparada para escuchar algo así.
Sabía que mi sonrisa escondía demasiadas cosas que estaba intentando sostener sola. Sabía que había preguntas que evitábamos las dos. Nunca se atrevió a abrir la caja de Pandora. Supongo que conservaba la esperanza de que ni siquiera yo conociera todavía lo que guardaba dentro. Que, mientras permaneciera cerrada, aquella verdad continuaría sin tener la fuerza suficiente para convertirse en una realidad.
Así que, para pedirle perdón, escribía.
Escribía poesía.
Escribía cuentos.
Escribía sobre la montaña.
Escribía sobre el amor.
Escribía para poder esconderme al menos durante unas horas. Escribía para tener un lugar donde dormir tranquila. Como Alicia en el país de las maravillas. Como el Principito en su asteroide B-612. Como Dorothy Gale en la Tierra de Oz.
Escribía para no dejarla sola en este mundo.
No dejé de escribir por ella.
Quizás nunca reuniría el valor para decirle que hacía tiempo que su mundo ya no se parecía al mío. Quizás nunca encontraría la forma de explicarle que había días en los que sentía una nostalgia imposible por un lugar que no existía.
Escribir era la única forma que conocía de seguir viviendo junto a ella.
Era mi manera de decirle:
"Mamá, sigo aquí."
"Aún no me he ido del todo."
Era la única forma que conocía de evitar su dolor.
Porque mientras yo escribiese, ella tendría la certeza de que seguía viva.